La Hipocondría Dr.
Sergio Rozenholc |
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En
este nuevo recorrido de la medicina, la vida me enfrenta con un nuevo
dilema, una enfermedad que dieron en llamar hipocondría. Mis pensamientos
y palabras van a circular y confundirse con las del poeta Andrés Trapiello
citando a su hermoso trabajo denominado la Anatomía de la Hipocondría
Artística. Seguramente se preguntarán por qué elegí a un poeta y escritor
para encarnar un trabajo médico. Es porque creo que la ciencia y la
poesía estarán unidas en la salud y en la enfermedad hasta
que la muerte los separe. Para encarar este estudio voy a recurrir a un diccionario
que me explica que la palabra hipocondría provendría de una zona ubicada
a ambas partes laterales de la región epigástrica, situadas por debajo
de las costillas FALSAS o FLOTANTES. Para comprender al enfermo hipocondríaco tracemos una hipótesis
como la siguiente: lo que le sucede a este tipo de pacientes ha de
ser la consecuencia de un engaño, de una falsedad, de un estado de
irrealidad que lo vuelve a él mismo como un fantasma condenado a vagar
sin sosiego en medio de sus dolencias imaginarias, ante la mirada
escéptica de los médicos a quienes por lo general la hipocondría les
parece una manera de hacerles perder el tiempo (Trapiello). La idea
de flotantes la voy a dejar por el momento en suspenso. En mi experiencia clínica, si bien creo que no todo los
melancólicos son hipocondríacos, debo destacar que la primera manifestación
de la hipocondría es siempre la melancolía. Es factible que 2 personas padezcan la misma enfermedad
pero lo que no vamos a encontrar es que dos hipocondríacos se parezcan,
salvo en los síntomas, que no siempre son cómicos para quienes lo
observan desde afuera. Se siente como un ser exclusivo y misántropo, no acaba
de entender cómo puede haber alguien a quien la enfermedad le sea
indiferente, se rebela contra la enfermedad, que no ha llegado a aceptar
como uno de los elementos de la vida, esta en una Perpetua Auscultación,
vive buscando respuestas muchas veces equivocadas y para entender
esto voy a citar al poeta (Trapiello) textualmente en el siguiente
párrafo: “El sentimiento de hipocondría, que conduce a una pérdida
grave, mayor, la de la vida, nace igualmente de una pérdida no menos
grave para el hipocondríaco, de naturaleza íntima. Es decir, la hipocondría
procede de una pérdida y aboca a otra, y el hipocondríaco, hijo de
una melancolía, acaba fecundando siempre nuevas melancolías, acaso
en un proceso de hermafroditismo aflictivo sin paliativos (nadie más
melancólico que el hermafrodita)”. El poeta Machado, habla que tuvo dos pérdidas irreparables:
la de la infancia y la de la amada. Él mismo dijo que se canta lo
que se pierde. La conciencia de pérdida, presente en el núcleo del acto
creador, de los actos de los creadores, es la causa que entre ellos
hallemos tantos hipocondríacos, pero no todo hipocondríaco deviene
en un acto creativo. Porque a menudo el hipocondríaco cree protegerse
verbalizando los síntomas, pero las voces que un hipocondríaco cree
oír dentro de sí solo las acalla con otras voces, de creación, venidas
de muy dentro; estas nuevas voces las ofrece solo el similium (remedio),
como una melodía transformadoramente creativa. Pérdidas que abocan a otras pérdidas, melancolías que remiten
a otras melancolías, hermafroditismo aflictivo, una conflictiva de
la identidad sexual que queda oculta por pérdidas y melancolías. ¿Puede
un médico homeópata desconocer estas temáticas en pacientes que nos
pasean por diferentes síntomas?, que ahora sí los llamo flotantes
(como las costillas) porque daría la sensación que flotan de un órgano
a otro. Tal vez conocer esta temática es tan importante como conocer
en otros términos si este paciente está cursando por un miasma sifilítico,
sicósico o psórico. La homeopatía nos ofrece síntomas patogenéticos como el
de la ansiedad hipocondríaca, o como el de la ilusión de estar enfermo;
para que se entienda esto voy a tomar un ejemplo de
una síntesis de un caso clínico: Juan es un paciente de 53 años, me consulta en junio de
1994 por una gastritis leve. Me refería que era nervioso, impulsivo,
extremadamente miedoso, estaba preocupado por el crecimiento de sus
hijos, tenía temor a estar solo, a las tormentas eléctricas, venía
muy medicado alopáticamente, y se lo veía como una persona de convicciones
muy arraigadas y muy estructuradas, con dificultad para tener iniciativa
creativa. Casi siempre quería controlarlo todo tanto en el ámbito
familiar como la relación establecida en la consulta. Consulta tras consulta era notorio que se intercambiaban
los síntomas, dolores que aparecían y desaparecían, molestias que
iban y venían y ninguna de estas tenían necesariamente que ver con
las reglas de curación homeopática. Ahí es donde comencé a preguntarme, qué tienen todos estos
paciente que como Juan quieren controlar y ocultar. Órganos
que aparecen y desaparecen a los ojos de los médicos que tenemos que
escrutar el discurso para poder modalizarlos en síntomas homeopáticos,
parecen falsos, flotantes, pero de lo que no dejan dudas es,
de que
son dolorosos y llenos de sufrimiento y de una verdadera aflicción.
La
verdadera sanación y curación de Juan se produjo una vez que durante
el tratamiento homeopático, que duró aproximadamente un año, se reinscribió
un verdadero cambio en su vida, gracias a que puso en marcha el atravesamiento
de un proceso creativo que seguramente, como sostiene el poeta Andrés
Trapiello, evocaba su hermafroditismo aflictivo y dejó de controlar
para dedicarse a trabajos artísticos que le permitieron su verdadera
expansión y realización. |