| El antiguo
adagio "vivir y dejar vivir" muchas veces se menciona pero posiblemente
pocas veces es comprendido en toda su profundidad filosófica.
En general la mayoría de los adultos toma en algún momento
de su vida la decisión de ser padres, bajo diversas circunstancias
mas o menos voluntarias y mas o menos concientes. Algunos creen también
que son los niños o su espíritu el que elige bajar a la
Tierra a formar parte de una determinada familia para realizar algún
tipo de aprendizaje para su alma.
Sea como sea, los niños están bajo la tutela de los adultos
desde que son concebidos. Y por lo tanto, están casi bajo su absoluta
dependencia, ya que en sus primeros años son bastante indefensos.
Esta situación en la que los padres tienen por varios años
la posibilidad de decidir por sus hijos, implica la necesidad de actuar
con responsabilidad. Y la responsabilidad requiere que nuestros actos
partan de una decisión conciente, de un propósito claro
y definido, y no de la simple reacción automática o del
hábito.
¿Cuál sería en síntesis el objetivo al criar
un hijo? A mi entender, un objetivo deseable sería que se convierta
en un adulto maduro, responsable de su propia vida y por sobre todas las
cosas en un ser humano LIBRE y FELIZ.
O sea que la noticia es:¡ señores padres a tomar conciencia
de la tarea que tienen por delante!. Un niño viene al mundo con
su propio bagaje genético, energético, afectivo, y espiritual.
Es un ser UNICO en el mundo, como podemos comprobar fácilmente
cada vez que tomamos una historia clínica homeopática: cada
paciente es un Universo diferente, necesita una ayuda y un trato diferente
y necesita un remedio homeopático particular.
A los padres nos complace encontrar los parecidos físicos o de
comportamiento de los niños con algún miembro de la familia
porque esto ayuda al proceso de apego, ayuda a incorporar al niño
a los lazos preestablecidos de pertenencia. Hasta los niños adoptivos
empiezan a parecerse a sus padres a lo largo de los años y este
descubrimiento produce alegría y afianza el vínculo afectivo.
Todo esto está muy bien, y es inofensivo siempre y cuando se acompañe
del respeto por el niño como individuo irrepetible.
Tal vez lo más difícil en la tarea de ser padres sea ESPERAR:
Esperar...que el niño vaya madurando a su propio ritmo, que camine,
hable, controle esfínteres, etc. a la edad que sea adecuada para
él.
Esperar...a que el niño elija cuanto y qué desea comer.
Esperar...que él mismo decida cuándo está en condiciones
de separarse de su madre y comenzar un jardín de infantes.
Esperar...que manifieste alguna inclinación hacia algo que le guste
dentro de todo lo que se le ofrece como actividad o conocimiento.
Esperar... cuando tarda una hora en vestirse porque recién está
aprendiendo a hacerlo.
Esperar... que termine un juego que lo tiene completamente absorbido cuando
lo llamamos a comer o a bañarse o a dormir.
Esperar... que le baje la fiebre, que se recupere a su ritmo de algún
proceso de enfermedad cuando tiene que concurrir a la escuela o a algún
acontecimiento social importante para nosotros.
Esperar...que aprenda de sus errores una y otra vez sin criticarlo, sin
hacerlo sentir un inútil solo porque aún no tiene experiencia
o habilidad suficiente para hacer las cosas bien.
Esperar...que asuma sus responsabilidades a medida que va creciendo y
dejamos de hacer todo por él, sin temor a las consecuencias de
dejarlo hacer las cosas solo y a su manera (que puede ser muy diferente
de la nuestra)
Esperar...que se vaya conociendo a sí mismo, que desarrolle sus
opiniones, su temperamento, que empiece a descubrir por sí mismo
qué camino desea tomar en la vida, cuál es su vocación,
en qué desea poner su corazón y su energía.
Esta hermosa tarea de aprender a esperar los tiempos de nuestros niños
no es una tarea pasiva en absoluto: va acompañada de un cuidado
amoroso y expectante para protegerlos de daños importantes. "Esperar"
no significa no actuar cuando es necesario, sino mas bien no actuar antes
de que sea necesario. "Esperar" tampoco significa convertirnos
en esclavos del capricho de nuestros hijos, ni permitir que sean ellos
los que dominen y dirijan nuestras vidas. Lo ideal sería encontrar
el punto de equilibrio entre la libertad de ser de ellos y la nuestra,
teniendo en cuenta que somos nosotros los adultos y que ellos no pueden
tener la misma responsabilidad que nosotros porque aún les falta
experiencia de vida. No es en vano aquello de "nuestros derechos
terminan allí donde comienzan los derechos de los demás".
Tampoco es adecuado considerar a los niños nuestros "amigos"
o nuestros "pares" al menos hasta que hayan llegado a su adultez.
Acompañar a los hijos en su camino hacia la madurez implica:
Estimular sin presionar.
Sugerir sin ordenar.
Orientar sin dirigir.
Proteger sin sofocar.
Cuidar sin limitar.
Apoyar sin crear dependencia.
Enseñar sin imponer.
Actuaremos mucho mejor en nuestro rol de padres en la medida en que hayamos
evolucionado y madurado lo suficiente como para tratarnos de la mejor
manera primero a nosotros mismos. Cuanta mayor libertad y autonomía
haya en nuestra propia vida, mayor respeto podremos brindar a la libertad
de los demás.
¿Cuánta paciencia nos tenemos cuando cometemos un error?.
¿Cuántas veces repetimos una acción, permanecemos
en una relación o en un trabajo que no nos gusta solo porque "creemos
que es nuestra obligación" sin plantearnos la posibilidad
de hacer una nueva elección libre, que considere lo que realmente
nos hace felices?. ¿Cuántas veces criamos a nuestros hijos
"como nos criaron a nosotros" sin considerar que los tiempos
han cambiado, los niños de ahora son diferentes a los de hace 20
años atrás y sus necesidades son otras?. ¿Cuántas
veces elegimos por nuestros hijos sin preguntarles a ellos qué
desean, de la misma manera que permitimos que los demás elijan
por nosotros en nuestra vida cotidiana?.
APRENDER A VIVIR CON TODA NUESTRA CONCIENCIA NOS PERMITIRA DEJAR VIVIR
A NUESTROS HIJOS EN LIBERTAD DE ELEGIR SU CAMINO HACIA LAFELICIDAD, ESTEMOS
O NO DE ACUERDO CON ELLOS EN SUS ELECCIONES.
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