En la difícil
problemática que nos trae un tema nada sencillo, como es el de
los niños que tardan en hablar, voy a recurrir en principio a los
poetas.
En este caso al poema titulado Esos Locos Bajitos, escrito por el cantautor
catalán Joan Manuel Serrat en 1981.
¿Por qué a los poetas?
Porque con su sensibilidad tan especial tienen como en este caso la luz
que puede iluminar este tema tan diverso y conflictivo.
Esos Locos Bajitos
A menudo los hijos se nos parecen
así nos dan la primera satisfacción
esos que se menean con nuestros gestos
echando mano cuanto hay a su alrededor.
Esos locos bajitos que se
incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario y a las costumbres
y a los que por su bien hay que domesticar(...).
Cargan con nuestros dioses
y nuestro idioma,
nuestros rencores y nuestro porvenir
por eso nos parece que son de goma
y que bastan nuestros cuentos
para dormir.
Nos empeñamos en
dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación
les vamos transmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción
Nada ni nadie pueden impedir
que sufran
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen
que crezcan y que un día
nos digan adiós.
Joan Manuel Serrat
En un reportaje hecho por la periodista
española Margarita Riviere, el cantautor en relación a
este poema declara "Nunca he creído que las palabras influyan
mucho por si solas, lo que sí influyen son los hechos y las actitudes".
Creo que Serrat tiene razón, los niños aprenden por nuestras
actitudes y no por lo que decimos, ya que lo que de alguna manera a
través de ellas transmiten nuestro sentir, jamás se lo
van a olvidar. Lo que le queda impreso en la retina es esa combinación
del hacer nuestro como padres que tiene un componente emocional muy
fuerte y no tanto el decir. En este excelente poema describe con brillante
elocuencia, las cuestiones entre padres e hijos es por eso que lo cito,
a manera de introducción en el presente trabajo, que uno da que
pensar en esos padres ausentes, o en aquellos padres que no hablan,
y vemos que a los niños por lo tanto les cuesta acceder a la
palabra.
Un padre presente define de alguna manera a un niño, inclusive
por más brutal que sea su presencia. Pero también tenemos
que tener en cuenta que es la madre quién dejará en última
instancia, que se constituya el rol de padre.
Es el padre que de alguna manera permite al niño separarse de
la madre y constituir su palabra. Palabra que le da acceso a su propia
identidad.
Los médicos homeópatas sabemos (trabajamos con las identidades)
que las diferentes personas manifestarán el sufrimiento de acceso
a las palabras de manera distinta.
En el caso de los niños delgados introvertidos, reservados, sentimentales,
con caritas nostálgicas, que se deleitan poniendo a sus comidas
mucha sal, y que cuando les pedimos que hagan un dibujo vemos que el
mismo no tiene el sol, lo ocultan (símbolo del padre en el dibujo
infantil) pensamos en ayudarlos con un medicamento como Natrum Muriaticum.
Hay otros chicos que también son lentos para aprender a hablar,
se presentan muy torpes, atolondrados, en algunos casos con sufrimiento
neonatal, tienen su cabeza en constante movimiento, y los movimientos
torpes de las manos nos hace pensar en Agaricus.
En estos dos breves ejemplos vemos como la homeopatía, tiene
entidades con identidades propias y muy singulares. Hay muchas más
maneras de expresar el sufrimiento, quise mostrar estas dos porque son
bien diferentes a pesar de tener la misma dificultad de acceder al habla.
Los médicos homeópatas jerarquizamos bien las identidades
que hacen al modelo de expresión del sufrimiento diferente.
Heráclito decía que lo único que perdura en la
vida es el cambio.
Los adultos a veces tenemos muchos temores en relación a la rueda
de la vida y a los cambios permanentes a que están expuestos
los niños durante los primeros años de la vida. Los médicos
homeópatas somos los que de alguna manera examinando ese cuerpo
sutil con el cual trazamos el hexagrama de nuestro anamnesis, y mediante
un diagnostico preciso, y tratando de modificar esa cuña que
produjo el anclaje o la fijación en esa rueda que tendrá
que volver a girar en los niños, en los padres, en la vida.