| Cuando trajeron
a "la negra" a la consulta, estaba completamente pelada. Desde
el cuello, hasta la cola y los miembros. Solo le quedaban unos pocos mechones
en la cabeza que certificaban que efectivamente: ella era "la negra".
Hacia casi un año que había comenzado a tener problemas
en la piel, por lo cual había recibido tratamiento de tipo convencional
con corticoides y antibióticos. Hasta que decidieron no seguir
con ese esquema, pues los síntomas volvían al suspender
la medicación y la trajeron a mi consulta.
El ultimo episodio había comenzado después del celo. Este
le solía aparecer un poco antes que el resto de las perras con
quienes convivía en la casa,, pero esta vez su aparición
se atraso. Fue un poco mas tarde que las demás. Lo cual nos hablaba
de una perdida de la regularidad habitual. Sus perdidas usualmente, eran
un poco más escasas si la comparábamos con otras perras.
Ella convivía con otros seis perros y varios gatos.
Había ingresado hacia dos años a la casa. La encontraron
en una esquina, atada a un poste con un cable de electricidad, que le
había marcado el cuello, por lo que ahora no toleraba ningún
collar. Allí la encontraron: estaba quieta, sumisa. Sin hacer nada.
Muy flaca. Muy débil. Llena de garrapatas. Sin entender porque
la habían dejado allí atada.
De ella me dicen: " Es muy cariñosa. Es feliz con poco. No
pelea con otros perros, ni gatos. Aguanta todo. Los demás animales
le pegan y ella cede. No presenta pelea.
"Le encanta que le digan negrita." Remarcando el diminutivo.
"Es la dulce de los perros. Nunca ladra."
"Tiene muchísimo apetito y es muy voraz, por lo que trata
de comer la comida de los otros platos. Los otros perros le gruñen
encima de su cara y ella solo cierra los ojitos y sigue comiendo lo más
rápido posible."
"Cuando se alza la voz en la casa, ella sale corriendo y se esconde
bajo de la cama."
"Si la retan o alguien agarra algo como un palo, ella se asusta y
se agacha pegándose al piso. Como aceptando el golpe." Por
supuesto que el golpe jamás llegaba.
Pero sí la vida le había golpeado duramente. Y su forma
reactiva la condujo hacia la docilidad, la dulzura, y una forma infantil
de negar la realidad: de cerrar los ojos y aceptar el golpe con docilidad.
Hasta le agradaba que la llamen con diminutivos, cosa que le reafirmaba
su minusvalía infantil.
El cuadro parecía un desorden de tipo hormonal, que no se pudo
confirmar por los costos de los análisis y dado que no modificaba
en absoluto la prescripción del medicamento homeopático,
no insistí con ello.
Todo conducía a Pulsatilla, que también cubría los
síntomas de ano dilatado, que surgía de la revisión
clínica, las menstruaciones escasas, e irregulares y hasta su curiosa
forma de dormir: "agarrandose las orejas" como si cruzara los
brazos por debajo de la cabeza, posición típica que adopta
el humano que merece tomar Pulsatilla.
Le prescribí Puls. 200 y le dije que volvieran al mes.
Cuando la vuelvo a ver había comenzado a recuperar algo del pelo,
y pude comprobar que efectivamente era una preciosa perra negra azabache.
Pero por sobre todas las cosas, con el pelo aparecieron las mañas.
Sus dueños me lo resumen: " Ahora la llaman la bardera. No
es la sumisa de antes. No se puede dar uno vuelta que te roba algo. Un
día comenzó a ladrar en la puerta y vinieron todos los perros
de casa a ver quien era ese perro nuevo que ladraba. No lo reconocían.
Nunca antes ladro así".
Con eso solo ya me bastaba. Un perro nuevo había renacido, pero
también había recuperado peso y dándole un poco mas
de tiempo su carácter volvió a ser el del perro que todos
soñaban. |