Buenos Aires ama sus bares, sobretodo aquellos
que atesoran la fragancia de los primeros tiempos, los bares sencillos,
míticos, despiertos.
Buenos Aires ama sus bares, ama la tibieza de sus salas y el murmullo
oculto en el silencio cuando cierran sus puertas; ama el rito de sus
historias contadas como en secreto y el alimento de las experiencias
compartidas, ama las notas dejadas al pasar en papelitos sueltos, ama
a sus sujetos ávidos de aprender códigos nuevos.
Buenos Aires ama sus bares y sus oscuros rincones donde aguardan los
duendes de los circunstanciales maestros; ama los diálogos y
las discusiones que interrumpe el café del entretiempo. Ama a
los exaltados, dueños siempre de la última palabra, a
los introvertidos y a los tímidos que temen la crítica,
a veces justa, otras sin piedad, a veces necesaria y otras inapropiada.
Buenos Aires ama sus bares y a su gente, a pesar de las injustas críticas
y los incrédulos que observan desde fuera y no entienden sus
encantos; ella ama sus bares porque son ellos los que enfrentan la aspereza
cotidiana siempre atildados de fiesta, como si quisieran transmutar
el dolor de los hombres con la esperanza que brota de sus verdades reveladas
y del luminoso manantial de sus poetas.
Buenos Aires ama sus bares, los ama como una madre generosa y cándida
que sale siempre al encuentro de las historias de su gente.
Una noche de verano, tiempo atrás, Leandro fue al encuentro de
Alicia a quien no veía desde hacía más de trece
años. Una repentina transpiración le enfriaba la frente.
Observó la esquina, dudó y con un inadvertido temblor
entró al bar. Lo acompañaban los fantasmas de una vida
singular.
La familia recordaba que había sido un niño rebelde, pero
inteligente: apelaba a su ingenio para no ser culpado por sus actos
y salirse con la suya. No le gustaba perder y cuando sospechaba que
no podría lograr sus fines, no se comprometía. Leandro
era el "vivo" de sus hermanos. Podía exhibir una seriedad
de conferencia o sonreir ingenuamente si la circunstancia lo requería;
era a veces valiente, otras cobarde o se presentaba como un tímido
o como un arrogante. Cada instante de su vida era un nuevo desafío
y respondía a ellos con astucia e inteligencia. Tenía
la rara habilidad de esconder sus defectos, incluso los físicos:
pocos hubieran dicho, por ejemplo, que ese niño que ganaba las
carreras pedestres con un pique corto y veloz era asmático. Corría
sólo los cien metros, en las más largas abandonaba, culpando
al cansancio muscular. En la pared de la cabecera de su cama, como acostumbraban
las películas "yanquis"de los sesenta, lucía
un cuadro con una fotografía en la que sostenía entre
sus brazos una gran copa, bajo la leyenda que lo proclamaba "Campeón
de la Olimpíada 1962".
Era por entonces lo que se suele llamar un "winer", un verdadero
ganador.
La adolescencia lo encontró cosechando triunfos. Como era de
talla pequeña se fortaleció muscularmente en el gimnasio
y hasta se dejó crecer el pelo para ocultar el pabellón
de sus orejas demasiado separadas. Era un gran conquistador. Las jovencitas,
que entonces "morían" por él, se veían
expuestas tanto a la seducción de sus encantos como a una cierta
crueldad que le asomaba a veces.
Su familia no era adinerada . Como esa circunstancia lo inquietaba,
desde muy temprano comenzó a trabajar en una empresa de servicios
de la que años más tarde sería director. Le pesaba
no haber seguido una carrera universitaria; sin embargo, ciertos cursos
realizados en el extranjero, que presentaba en su currículo como
"masters" , le bastaron para alegar una licenciatura de difícil
alcance.
Leandro, según las circunstancias, era sumiso u hostil, callado
o locuaz. A los veintiseis años se casó con Alicia, suficientemente
joven, linda, tímida y enamorada como para manejarla a su gusto.
Tenía todo previsto y medido, nada escapaba de sus controles:
soy un tigre - solía pensar de sí mismo- lo de afuera
debe estar perfectamente calculado para no fracasar...
Algunos filósofos sostienen que el hombre es un animal racional,
que posee un pensamiento (nous) y que se expresa mediante la palabra
(logos ). La existencia del pensamiento se manifiesta en la conducta
y en el orden que crea a su alrededor, limitándose a percibir
en la realidad sólo aquello que puede ver, oír y tocar.
Pero el mundo, a su vez, tiene también su propio orden y el hombre
se ve impelido a modificarlo para lograr su propios fines. Así,
para la mayoría, la vida se convierte en un continuo proyectarse
desde lo más superficial de cada uno hacia lo más evidente
del mundo, según cual sea la pasión que anima sus actos.
Sin embargo, a poco de andar se hace evidente lo difícil de la
tarea, ya que pronto la vida se encarga de abrir la sorda herida anidada
en el fondo de toda conciencia. Si el fin de todo es la muerte, para
qué el esfuerzo de la vida?
Leandro era un hombre de afuera. En su vacío adentro sólo
existía un proyecto: ganar, ganar siempre y en todas las instancias
de la vida.
A sus veintiocho años nació Magalí, su hija. Se
desarrollaba con éxito en la empresa mientras Alicia cuidaba
de su hogar. Disfrutaba de la vida como nunca lo había hecho;
escondidos amoríos ocultos tras sus viajes laborales le facilitaban
placeres en esa vida prolijamente planeada. Pero en una ocasión,
cuando disfrutaba de las bondades de un hotel caribeño en buena
compañía, recibió el llamado de su mujer: Magalí
había enfermado y era imperiosa su vuelta. Leandro recordó
la mirada triste de la niña de dos años, al partir, y
el cuadro febril que había quedado a cargo de Alicia y el pediatra.
Presintiendo que algo malo ocurría, emprendió de inmediato
el regreso.
Una fuerza misteriosa, insensible y desprolija había roto ya
la cadena de los éxitos: al llegar, Magalí había
muerto de meningitis. Un año más tarde, las recriminaciones,
las culpas y responsabilidades, incluso las traiciones descubiertas,
asolaron la pareja. Todo condujo al lógico divorcio. La despedida
fue triste y desconsolada, como las que son fruto del fracaso.
Leandro continuó con su estilo de vida, el único que conocía,
el que de alguna manera lo tenía atrapado. Logró olvidar
las tragedias vividas al punto que, tiempo después, sus nuevas
relaciones desconocían por completo las tristes circunstancias
que habían rodeado su separación.
Ni la muerte posterior de su madre, ni la de uno de sus hermanos enlutaron
su satisfacción por lo progresos laborales, y la fascinación
por las mujeres jóvenes que veían en él la imagen
de un hombre triunfador. En esos años comenzó la hipertensión
arterial que más tarde lo llevaría a la consulta homeopática.
El hombre, como la realidad toda, participa de un orden universal cuya
finalidad trascendente depende de la participación colectiva.
Así, como única criatura creada a imagen y semejanza de
órdenes superiores, el hombre tiene la posibilidad de abrirse
a la totalidad de lo existente. Ese don le permite tanto la elevación
hacia los estados superiores de conciencia que habitan en su interior
inteligible como el descenso hacia los diferentes grados de complejidad
del universo inferior imantándose con el espíritu de los
reinos naturales (como lo atestiguan las patogenesias ).
El ser humano se abre a la vida en un estado de inconsciente desconocimiento.
Confundido por las sensaciones que la influencia del mundo exterior
despiertan en él, tiene de sí mismo una pálida
imagen. Su vida sensible, sujeta a los órdenes inferiores de
la realidad, desplegada en un modo característico de sufrir,
lo induce a creer que lucha contra el mundo, contra esa exterioridad
perceptible. Empero, su verdadera lucha es contra sí mismo, contra
esa imagen que fue creando de sí.
Porque, como creatura, sometido tanto a leyes naturales que lo relacionan
con el universo de lo sensible, como al flujo interior que desde lo
más profundo le reclama un sentido de trascendencia, es gemelo
de dos universos y como tal el único que puede y debe articular
ambas realidades : El hombre es tendencia y tensión hacia su
plenificación y esta tendencia tiene como meta la personalización.
(Antón Pacheco).
El influjo divino que asoma en el interior de su conciencia no alcanza
para lograr la total libertad que le permitiría desprenderse
de la constitución sensible a la que está encadenado,
pero, en cambio, es suficiente para que pueda desear el regreso hacia
el orden primero, anhelar su último destino: la personalización
final como auténtico ser espiritual.
Leandro concurrió al homeópata por su incontrolable y
severa hipertensión arterial. La acción de los medicamentos
alopáticos antihipertensivos le habían disminuido de tal
modo la líbido que ya le era imposible disfrutar de las relaciones
sexuales.
A los cuarenta años, intactos sus deseos de triunfar, sus rasgos
estaban endurecidos. Su constitución enferma, como antes, luchaba
por tener todo bajo control, pero ahora sólo era aparente y perfectamente
simulado.
De la lista de los síntomas que trazan el cuadro de la enfermedad
dinámica conforme a la doctrina y al método de la Homeopatía
Pura, se eligieron aquellos más característicos: los más
históricos, los más intensos y los más modalizados:
Mejoría por la ocupación, Sueña que lo persiguen,
Transpiración fría en la cara y frialdad en el pecho.
Entre los medicamentos candidatos que surgieron en la repertorización
fue Veratrum album el que mejor trazaba el plan, la imagen en la que
la totalidad de los síntomas caracterológicos, modalizados
y auxiliares se combinaban lógicamente en un todo armonioso y
consistente que tenía forma, coherencia e individualidad (Stuart
Close).
Kent enseñó que el camino de la enfermedad crónica
requiere que sea primero la voluntad la que espeje el desequilibrio
de la energía vital y que luego lo haga el entendimiento. De
Swedenborg nos transmitió que el hombre es un ser que se realiza
de arriba hacia abajo, de adentro hacia fuera y que se desarrolla desde
las instancias más profundas hacia las más superficiales.
Y nos dijo también que la fuerza vital inmaterial, sustancia
simple o conatus que lo anima emana de un principio que llega hasta
los confines de todo lo existente y se repliega, de tal modo que todo
tiende nuevamente hacia el Creador.
De ahí que la ley de curación comience cuando amanece
en la mente del paciente un nuevo entendimiento, una nueva comprensión
que influye en su voluntad para ponerla al servicio de los fines trascendentes.
Es así como alguien que se está curando homeopáticamente
comienza por comprender mejor la realidad existencial en la que se halla
inmerso. Surge en él un sentimiento distinto que lo conduce a
acercarse a otros valores que van a condicionar su "uso"-
según palabras de Swedenborg- es decir su actuar en el mundo.
Diferente va a ser la mirada con la que descubra la realidad sensible
y a sus prójimos, pero, fundamentalmente, distinta va a ser su
comprensión de lo inteligible y su necesidad de lo "divino".
En el corazón de un hombre que se está curando con el
tratamiento homeopático debe aparecer un estado suficiente de
paz que le permita abrirse a un sentimiento de gratitud por la vida.
Tal vez entonces, progresivamente, retorne a un estado de salud plena
que restituya el flujo luminoso y vital que armonizará su organismo
y transformará su conciencia religándolo al todo.
Enseñó el maestro Paschero que el ser humano necesita
expandirse, salirse de sí mismo, hacer algo, cada vez más
por sus semejantes, integrarse en la unidad del mundo, vivir su propio
yo en el otro, encontrarse a sí mismo en la realidad afectiva
de los demás, ser útil y ocuparse de algo que no sea exclusivamente
el propio yo limitado, para hallar el sentido de su existencia...y a
esta conversión se le debe llamar ley de curación (Tomás
Pablo Paschero. Homeopatía Ed. Ateneo 1973).
Leandro presentó un ligero bienestar en los primeros tiempos
de su tratamiento. Al cabo de unos meses había armonizado su
presión arterial y pudo abandonar los medicamentos antihipertensivos.
A ocho meses del inicio, un episodio de fatiga respiratoria, reaparecida
durante unos días evidenciaban el cumplimiento de la ley. Fue
llamativo su cambio de actitud vital que lo llevó a interesarse
en los problemas de sus empleados y sus vecinos y lo condujo a recomponer
la relación con su familia, ocupándose por primera vez
de la soledad de su padre.
Poco a poco nació en Leandro avidez por otros valores, aprovechando
la tregua dada por el simillimum. Una noche de esas que iluminan la
vida, releyó la carta que Alicia le había dejado al despedirse
trece años antes. Sintió una desconocida emoción.
Y lloró por primera vez, por Magali, por el fracaso de su matrimonio.
Surgió en él un nuevo e ignorado deseo de volver...
Buenos Aires ama sus bares y a su gente. Ama las ignoradas victorias
de los que se levantan del fracaso, ama las reconciliaciones y a los
que no esconden su alegría por el reencuentro.
Buenos Aires ama sus bares, como la Homeopatía ama sus congresos,
sobretodo aquellos que atesoran la fragancia de los primeros tiempos,
los congresos sencillos, míticos, despiertos.
La Homeopatía ama sus congresos, ama la tibieza de sus salas
y el murmullo oculto en el silencio cuando cierran sus puertas; ama
el rito de sus historias contadas como en secreto y el alimento de las
experiencias compartidas, ama las notas dejadas al pasar en papelitos
sueltos, ama a los ávidos por aprender códigos nuevos.
Ama los rincones donde aguardan los duendes de los circunstanciales
maestros; ama los diálogos y las discusiones que interrumpen
el café del entretiempo. Ama a los exaltados, dueños siempre
de la última palabra, a los introvertidos y a los tímidos
que temen la crítica, a veces justa, otras sin piedad, a veces
necesaria, otras inapropiada.
La Homeopatía ama sus congresos y a sus médicos, a pesar
de los incrédulos que observan desde fuera y no entienden sus
encantos; ella ama sus congresos, como ama Buenos Aires sus bares porque
son ellos los que enfrentan la aspereza cotidiana siempre atildados
de fiesta, como si quisieran transmutar el dolor de los hombres con
la esperanza que brota de sus verdades reveladas y del luminoso manantial
de sus poetas.