ENTREVISTA: Dr. Eugenio Candegabe

Profesor Extraordinario
de Materia Médica y Presidente Honorario de la Escuela Médica Homeopática Argentina


Periodista: - Dr., cuéntenos algunos episodios que Ud. recuerde -si los hubo- que fueran decisivos para elegir su profesión.
Dr. Candegabe: - Le contaré brevemente un poco de mis memorias, como pequeños pincelazos que puedan dar vida a una obra... "Gracias Dr. Emanuel, le dije a mi profesor de anatomía, acabo de elegir mi profesión... voy a ser médico, como Ud."
Fue en una fresca mañana del mes de abril de 1940. Yo estaba sentado en la segunda fila, y, mi primer maestro de anatomía del cuarto año del Colegio Nacional Roca, que era a su vez director del Hospital Pirovano de Buenos Aires, terminó su primer clase diciendo algo más o menos así: "Bueno, hemos pasado revista al programa a desarrollar en este año; el objeto es que se familiaricen un poco con vuestro cuerpo, donde reside vuestra mente y vuestro espíritu, donde se desarrollan todas las alegrías, las penas y los misterios de la vida".
Al año siguiente en Diciembre de 1941, ya era un flamante estudiante de medicina, cuando por una casualidad -¿es que el azar realmente existe?- conocí a Wilhem Stekel, uno de los grandes alumnos de Freud. Leí con entusiasmo y asombro, como, el autor de la "Psicopatología de la vida amorosa de la mujer", ubicaba las distintas enfermedades del ser humano desde un punto de vista holístico: todo tenía un sentido, un "por qué" y una intencionalidad en la enfermedad. Ya yo había leído aquello que dice "No hay enfermedades, sino enfermos".
Pero lo que más me sorprendió, en medio del desastre de Pearl Harbour, era que Steckel, partiendo de su amplio conocimiento de la psicología social y familiar, pronosticara -casi con exactitud, ya en 1929- la hecatombe de la segunda guerra mundial.
Me recibí de médico en junio de 1949. Cargadas mis alforjas con entusiasmo y una brillante colección de conocimientos adquiridos, inicié mi profesión con un dejo de incertidumbre. De lo único que estaba seguro, es que quería curar y para curar había que aprender y saber, tal como lo hice durante diez horas diarias de estudio a través de los 7 años de mi carrera universitaria.
Elegí primero la especialidad de "Urología", mi cuñado era un muy buen especialista, pero en un año de práctica hospitalaria supe de mí que las particularidades no me satisfacían, yo quería conocer al hombre en su totalidad y practicar la medicina del hombre. Creo que por ello hice un intento en cirugía general en la celebre sala 2-6 del viejo Hospital Rawson del Dr. Ricardo Finocchietto que fue sin duda la escuela de Cirugía más importante del país y quizás del mundo por esa época. Pero aún así me atraía más la clínica, cada día me asombraba más el ser humano. Por fin, un gran amigo médico me llevo al Hospital de Niños de Buenos Aires. En la sala "3" de Clínica Médica y luego en la "17" del Prof. Dr. Florencio Escardó, creí por fin, encontrar mi vocación. Si bien no era "toda la medicina" era toda la medicina aplicada al niño.
Y allí fue creo en el año 53', que la enfermedad de un niño de mi familia, de solo 3 años de edad, iluminó por fin, el puerto donde yo quería llegar. "El azar" otra vez me ayudaba: " Tal vez sea un vicio de coalescencia, como dice el Dr. Mariano Pelliza, me insinuaban los médicos de la sala, impotentes para curar el estreñimiento pertinaz que se había convertido en una pesadilla para los padres y amenazaba seriamente su salud. Yo estaba preocupado, casi angustiado, por la salud del niño que veía deteriorarse día a día, impotente con los recursos médicos de ese tiempo para curarlo.
El Dr. Tabanera, excelente médico homeópata, escuchaba sin interrumpir mi relato de los padecimientos de Marcelo. Tabanera, más que al diagnóstico, estaba atento a los sufrimientos de Marcelo, su irritabilidad, su desasosiego, su queja continua, sus falsas alarmas, su permanente sensación de frío, su pérdida de alegría infantil. Al mismo tiempo que le recetaba "Nux Vomica 30, un papel", prescripción magistral que yo no entendía, acudieron a mi mente las primeras palabras del Dr. Emanuel, con los sabios consejos de Steckel.
Salí del consultorio del Dr. Tabanera con una secreta esperanza. Al tercer día de la primer prescripción homeopática por mí observada, el sol de una mañana de diciembre iluminó con la curación de Marcelo, la intimidad de mi vocación médica: develar el secreto último del sufrimiento del ser humano y la posibilidad cierta de curarlo.
Confieso que ya desde 1952 había incursionado por la homeopatía asistiendo, aunque esporádicamente, a los cursos que dictaba la Asociación Médica Homeopática Argentina en un pequeño departamento de la calle Cangallo al 100 -creo no equivocarme-. Pero luego de la experiencia de Marcelo y respaldado en la propia curación de mis jaquecas, que me asediaban desde la infancia, decidí resueltamente estudiar homeopatía.
Algún día, quizás pronto, escribiré mis memorias, bajo el título "LA SOLEDAD DEL MEDICO HOMEOPATA". Sin embargo, frente a esa realidad todavía incomprensible para mí, pero evidente como la luz del día, apenas tome esa decisión, sentí el desarraigo de más de 10 años de transcurrir la medicina por un camino tradicional, limitado, pero respaldado por la Universidad y a su vez el mundo científico aceptado y reconocido.
El hecho fue, que luego de tres años de estudios intensos, ocupando todas las horas libres y parte de la noche que ocupaban mi jornada laboral, entre el Hospital, mis puestos de trabajo y mi consultorio y las visitas a domicilio que para ese entonces cubrían los siete días de la semana, en el año 1956, le explique a mis -ya felizmente numerosos pacientes- que abandonaba la práctica alopática para dedicarme a la homeopatía. La mayoría de ellos dejaron de atenderse, sorprendidos por mi giro de 180 grados, algunos pocos quedaron y agradecidos por los resultados me trajeron el regalo de triplicar su número en tan solo tres años más.
Yo me sentía feliz y seguro de estar en el buen camino. Porque fui descubriendo que la Homeopatía no es ajena a la Medicina Tradicional. Comprendí que el médico que a ella se dedica, debe conocer como el que más la medicina clínica, a la que agrega un conocimiento del ser humano enfermo bajo una perspectiva diferente. Ya no es la enfermedad un incubo maléfico que ataca al paciente, sino que es el resultado de toda una historia que desemboca en ella debido a una mala adaptación de su estructura psicobiológica al perimundo que le rodea. Descubrí en el misterioso, acervo del medicamento homeopático las imágenes de las personas enfermas, comprendiendo sus quejas, sus dolores y sus desmayos que dan un tinte personal y único a su patología. Comprendí que cada enfermo e individual y único en el que hay que considerar como cualquier excelente médico su diagnóstico funcional o patológico, pero que cada cual requiere una medicación única y diferente. Por ejemplo 10 pacientes afectados de una úlcera gastroduodenal, no son diez enfermos iguales que merezcan una terapéutica alopática semejante, sino que son 10 seres humanos completamente distintos que a su vez necesitaran una medicación también diferente.

Periodista: - Dr., ¿quiénes fueron sus maestros preferidos a lo largo de su carrera?
Dr. Candegabe: - "En esta pequeña casa donde se dicen verdades tan grandes", solía repetir entre reflexivo y entusiasmado el Dr. Jorge Masi Elizalde -el padre de Alfonso-. Con el Dr. Jorge recuerdo al gran pensador, monolítico, con una clara percepción de qué hacer homeopático. De Eugenio Anselmi, es imposible olvidar con análisis y radiografías en la mano, el relato de un clínico sagaz, que tenía el arte de conducir la terapéutica homeopática con sus profundos conocimientos de la neumología. De Francisco Eizayaga recuerdo su fidelidad a sus ideas y su temple para conducir los casos agudos. De Abraham Kuperman, su lealtad con la Doctrina Homeopática y con la Escuela a la que nunca faltó hasta el fin de sus días; pero todos, absolutamente todos, discurrieron sus coincidencias y sus disidencias a veces serias -sin perder jamás la dignidad y el mutuo respeto que caracterizó la década del 60'.
Y dejo para el final el recuerdo inolvidable de mi gran maestro el Dr. Tomás Pablo Paschero que con su clara inteligencia fue guía sin par en mi formación como médico y como hombre. Paschero admiraba al hombre y por tanto amaba la Homeopatía que le permitió acercarse un paso más delante de lo que podíamos nosotros, al secreto de la existencia, de su salud y enfermedad. Si en el año 71', varios de nosotros fundamos con él la Escuela que lleva su nombre, no fue por un acto de enemistad con la Asociación, que él fundara en 1933 creo, si no por desarrollar todo el potencial de su capacidad de enseñar con mayor libertad.
Desde que Paschero nos dejó en 1986, su obra es como una brisa fresca que impulsa nuestro desarrollo científico y personal. "Lleva al Congreso de Río mi bandera", me pidió pocos días antes de morir. Y en cada Congreso que he asistido y disertado, en cada uno de los más de setenta seminarios que he dado en nuestro mundo homeopático diseminado por Europa y América -donde más de diez mil médicos han leído mis libros durante estos últimos quince años-, sé que me ha acompañado siempre su sonrisa, su mirada dulce y tierna como diciéndome "Qué bueno Eugenio, qué bueno".
Por ello si alguien me preguntara si de retornar mágicamente al pasado seguiría el mismo camino, yo le contestaría con un "sí" rotundo, porque la Homeopatía me devolvió con creces a cambio de mis desvelos, de mis afanes, de mis incertidumbres, la salud y la alegría de mis seres más queridos, el afecto de mis pacientes y el reconocimiento de quienes como yo, hemos puesto en las enseñanzas de Hahnemann la guía y el faro de nuestra vocación médica.
Y si alguien me preguntara otra vez, después de cincuenta y dos años de profesión, qué me reservo para mí en la intimidad de mis silencios, le contestaría sin dudar: "El incomparable regocijo y la infinita paz de saber que he cumplido".