| Desde que el hombre tiene uso de razón,
las enfermedades han aparecido como enemigos implacables que lo atacan
desde afuera. A medida que se fueron descubriendo diversas medicinas para
contrarrestar problemas específicos, el hombre comenzó a
confiar cada vez más en los recursos externos y olvidó conectarse
con su propio poder interior de autocuración. De esta manera se
volvió cada vez más inseguro y vulnerable.
El niño cuando nace tiene ya un potencial enorme de autosanación
aún a pesar de su indefensión aparente. Sin embargo, de
entrada se considera necesario aplicarle vacunas varias, colirios, vitamina
K, etc., "por las dudas". A veces me pregunto cómo hacían
los indios nativos en todo el mundo para tener niños sanos, naciendo
en medio de la selva, sin sábanas esterilizadas, sin equipo multidisciplinario,
sin psicoprofilaxis del parto, sin......"Civilización".
Tal vez su confianza innata en las leyes de la naturaleza, la ausencia
de miedos, el contacto de las madres con la Madre Tierra, el apoyo sabio
e incondicional de los ancianos de la tribu y de toda la familia, la fe
en el poder de la Vida y algunos otros "pequeños detalles"
hayan tenido algo que ver con los resultados: niños fuertes, sanos
física y emocionalmente, sin necesidad de vitaminas adicionales.
¿Cuándo empezamos a ir en contra de nuestra naturaleza en
lugar de respetar el curso de los ciclos vitales, el camino de curación
del cuerpo físico y psíquico?.
Tal vez aún no sea tarde para volver atrás. Los pediatras
tenemos la gran oportunidad de acompañar el crecimiento de las
nuevas generaciones. Podemos optar por dos caminos básicos: alimentar
el miedo en los padres y en sus hijos, haciéndolos dependientes
de nosotros, o, por el contrario, ayudarlos a reconstruir la confianza
perdida en su propia sabiduría instintiva.
A veces las campañas de difusión de promoción de
determinadas vacunas, o los alertas de prevención de enfermedades
endémicas o epidémicas, en lugar de enseñar, solo
logran asustar. Y el miedo paraliza, el miedo debilita, el miedo impide
que usemos nuestros propios recursos curativos.
¿Cómo contrarrestar entonces estas situaciones desde la
pediatría?. Por un lado, brindando información adecuada
acerca de lo temido, achicando fantasmas, recordándole a las madres
que ellas son mucho más sabias respecto de sus hijos que cualquier
médico: solo necesitan volver a tomar contacto con esa sabiduría
que ha sido enterrada bajo la presión del temor.
Por otro lado, es el remedio homeopático el que viene en nuestra
ayuda. Acompañar a un niño desde que nace, significa dejarlo
ser, dejarlo crecer, permitirle ejercitar todas sus habilidades motoras
y creativas. La Homeopatía ofrece la posibilidad de que el niño
vaya transitando los procesos de enfermedad de la mejor manera posible,
sin efectos adversos, sin secuelas medicamentosas. El remedio acompaña
al organismo en su misma dirección, estimula las propias capacidades
curativas, ayuda a limpiar herencias desequilibradas (que llamamos "miasmas").
Pero para que los padres confíen en el remedio energético,
primero tienen que comprender que toda enfermedad tiene un proceso que
cumplir, por lo tanto la interpretación de los síntomas
será diferente a la habitual. Ejemplo: si se prescribe un remedio
a un niño que padece una angina, es posible que en pocas horas
aumente mucho la fiebre aunque seguramente el niño se sentirá
mejor y hasta aceptará comer. A este tipo de reacción la
llamamos "agravación homeopática".
Si en el caso anterior nos dejamos guiar por el miedo a la fiebre, la
elección será bajarla a toda costa, con lo que lograremos
retrasar el proceso de curación, logrando solo un alivio momentáneo
del síntoma que recurrirá una y otra vez hasta lograr su
propósito curativo. En cambio, si confiamos en que la fiebre es
una herramienta de defensa generada por el propio cuerpo y estimulada
por el remedio homeopático, nos alegrará su aparición,
porque sabremos entonces que el proceso está a punto de finalizar
y el niño curará en pocas horas.
Es por eso que a veces desaconsejo iniciar un tratamiento homeopático
en niños cuyos padres son muy temerosos y solo vienen a la consulta
empujados por otro familiar. Si bien algunas veces los mismos resultados
van generando la confianza en los padres, lo habitual es que abandonen
el tratamiento a la primera "agravación homeopática".
Atemorizar a un ser humano puede llevar tan solo unos segundos. En cambio
recuperar su confianza puede llevar varios años. Mi propuesta,
apreciado lector, es que desoigas todo mensaje que incite al miedo y seas
capaz en cambio de mirar dentro de ti mismo para confiar en tus propias
percepciones de la realidad y en tu enorme capacidad de enfrentar la vida
con confianza, alegría, buen humor y sobre todo, mucho amor.
EL AMOR ES EL MEJOR ANTÍDOTO DEL MIEDO
Dra. Liliana Szabó
Médica Pediatra
Prof. Adjunta de Pediatría de la E.M.H.A.
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