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Fecha
Diciembre 2011/Enero 2012 - Nro 57 -Año XI
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ESE CURIOSO DESEO DE NO SABER QUÉ

Dr. Francisco Goldstein Herman


Brígida, 28 años, casada, madre de un niño de meses, me vino a consultar por el problema de sus pechos. Amamantaba a su niño, pero la leche “le sobraba”. Esta apreciación suya resultaba de observar cómo, después que su bebé estuviera prendido a sus pechos largo tiempo, la leche le seguía saliendo, se derramaba prescindiendo del estímulo de la succión de su bebé.

Una rara inflamación
Esa independencia del estímulo tenía otro correlato: sus senos además de estar repletos de leche estaban inflamados, calientes y duros como piedra (le pesaban como si lo fueran) y le causaban grandes dolores. A Brigi le llamaba la atención que el color de sus pechos fuera “blanco azulado”, pues había sufrido otras inflamaciones y las recordaba calientes y de color ”rojo”.

Dolores por respirar
Sus dolores crecían cuando se movía apenas un poco. Caminar le resultaba un suplicio por el meneo de sus pechos endurecidos. Era peor si le sobrevenían sacudidas pues el corpiño, aunque  se lo ajustara estrechamente, no alcanzaba a detener la agitación. Brigi solía suplementar el ajuste del corpiño apretando fuertemente sus pechos con sus brazos para tratar de tranquilizar el movimiento que estos estaban recibiendo. Brigi quiso dar el ejemplo de un movimiento que desatara sus dolores y mencionó la respiración. Cuando inspiraba profundamente se tenía que abrazar a sí misma tratando de anular la movilidad que imprimía a su torso que, no por pequeña, le resultaba menos dolorosa e insoportable.

Dolores por toser
Lo que la joven terminaba de describir me llamó la atención y le pregunté si la respiración tenía ese efecto sobre ella “sólo desde que amamantaba a su bebé”. La joven se ensimismó buscando en su memoria las imágenes que le permitieran contestarme. Después de un momento concluyó que los dolores al respirar la perseguían desde siempre. Agregó que había llegado a temer las gripes, menos por ellas mismas que por las toses que solían acompañarlas. Las toses, como es obvio, la sacudían y desencadenaban sus dolores. Su familia recordaba que, siendo ella una beba, de pronto se ponía a llorar y después tosía.

Dolores por estornudar
Los efectos sobre Brigi eran producidos por tos de cualquier origen, no solo por gripe, también por atragantarse o al tratar de componer su voz o al carraspear. Los estornudos producían en Brigi el mismo efecto doloroso y como reacción, la misma tendencia a apaciguar el movimiento presionando con sus manos y brazos el lugar donde aparecían. De pronto recordó que, en no pocas ocasiones, se había sorprendido sufriendo dolores en sus ojos, ¡con solo moverlos!

Un líquido que calma los dolores
La joven asoció que transpiraba bastante cuando se hallaba fuera de su casa, al aire libre. Lo anterior no acontecía mientras hacía ejercicios o corría o se movía rápido, lo que le hubiera explicado su transpiración, sino simplemente cuando caminaba sin apuro, para distraerse. Transpirar, dijo ella, también es perder líquido pero, sin embargo, sudar no le provocaba síntomas, sino que ¡le hacía pasar los síntomas!

El episodio actual de sus dolores
Brigi estaba maravillada. Había acudido a mí por sus extraños dolores en los pechos después de ser vista por un clínico que la había derivado a un neurólogo. Sin embargo, ni esos médicos ni ella misma habían acertado a relacionar que estos raros dolores actuales se insertaban como último episodio de una historia de dolores del mismo tenor que la habían acompañado desde que había sido una beba.

Sed y dolores
Pregunté qué otros síntomas padecía desde siempre. La joven respondió que despertaba con un gusto amargo en la boca, pero se le iba después de beber.  Continuamente tenía la boca, la lengua y la garganta secas. Tal vez por eso la joven padecía perpetuamente de sed. Vivía extremadamente sedienta. Había pensado que el derrame de leche de sus pechos era responsable de tanta sed. Se había explicado a sí misma que debía beber para reponer el líquido que perdía. Sin embargo, recordó que antes de su embarazo muchas veces se precipitaba a beber directamente de las canillas.

Vomitar el líquido bebido
Como estudiando para sí, pero en voz alta, Brigi comentó que solía vomitar de inmediato lo que bebía. Esto le ocurría aunque solo tomara un pequeño sorbo. Era una joven inteligente. Le parecía lógico tener una sed tan vehemente por qué el líquido que ingería servía para reponer la leche y otros líquidos que perdía  Sin embargo no acertaba a explicarse por qué, si tenía tanta sed, vomitaba lo que bebía.

Desear algo sin poder definir qué
Brigi comentó que solía sentirse muy débil al levantarse de dormir. La debilidad se presentaba también cuando hacía pequeños esfuerzos o movimientos. Acotando el tema de sus debilidades matinales, Brigi agregó que a veces al levantarse de la cama llegaba a sufrir desmayos. Le pregunté pregunta sobre sus inclinaciones en gustos sobre alimentos y bebidas. La joven contestó destacando que solía padecer lo que a ella le parecían “chifladuras”: deseaba algo, pero ¡no podía precisar qué!

El apuro de la impaciencia  
Contrariando sus necesidades de apaciguar cualquier movimiento para evitar sus cruentos dolores, Brigi dijo estar siempre apurada. No podía esperar por nada, ni en la cola de un banco o en la de vehículos de transporte o por conseguir algo, fuera una compra o la obtención de cualquier cosa. Todo debía ser ya. Brigi era sumamente impaciente. Se sulfuraba si no conseguía satisfacer inmediatamente su necesidad, fuera un deseo, un gusto o un capricho. Reconoció ser muy desconfiada. Recelaba de cualquier ajeno a su círculo de conocidos, no los soportaba, la ponían mal, la enojaban. No toleraba hablar con extraños. Si debía hacerlo, terminaba discutiendo con violencia y la invadía el malhumor.

Contradicciones del movimiento 
En conexión con su impaciencia Brigi mostraba una pronunciada inquietud. Así como no podía esperar, tampoco podía permanecer quieta. Le era imperioso estar en movimiento y, si no necesitaba hacerlo para algo determinado, simplemente caminaba una y otra vez de aquí para allá. Otra vez ella se manifestada maravillada. ¿Cómo era posible que ella, a quien el menor movimiento le producía dolores profundos que necesitaba con urgencia aquietar, sin embargo, ¡no podía estar quieta! Esta contradicción se relacionaba, aparentemente, con sus deseos insistentes pero imprecisos, ese su desear algo sin saber qué. No poder estar quieta, tener que moverse de aquí para allá sin causa, era la expresión corporal de su síntoma psíquico que la obligaba a moverse, pero sin saber por qué.

Correlaciones entre síntomas físicos y psíquicos

Es decir que, como de costumbre, también en esta joven hallamos que los síntomas físicos tienen su expresión correlativa entre los síntomas mentales o, lo que es lo mismo, es posible hallar la manifestación psíquica y la somática de cada síntoma, aunque a veces no sea fácil. Brígida ilustra a la perfección esta doble posibilidad. De ello se valió la Psicomeopatía para apartar de los dos mil remedios con que cuenta la homeopatía aquel cuyos síntomas convenían a esta joven e ir aliviando uno a uno sus padecimientos hasta hallar el equilibrio que, como ser humano, ella anhelaba y necesitaba, ¡Ah, y todo con un solo remedio sin drogas!

Dr. Francisco Goldstein Herman
Psiquiatría, Psicoanálisis, Psicomeopatía Unicista