“Quien no sabe decir no, enfermará. Quien siempre quiera responder a todas las expectativas, pronto notará con dolor sus límites. Pero solo aquél que tiene su centro, podrá crecer más allá de sus propios límites. Y quien sabe de sus límites, podrá acercarse al otro y encontrarlo verdaderamente” por Anselm Grün, tomado del libro “Límites Sanadores”.
Uno de los grandes problemas que enfrentamos los padres actualmente, es la puesta de límites a las demandas constantes y excesivas de los hijos, ante sus desbordes emocionales sin causa, o frente a sus conductas antisociales. Esta dificultad de las familias se ve también a nivel macro, en las trabas que tenemos como sociedad: no sabemos poner límites a las autoridades que nos estafan con promesas incumplidas o que se enriquecen a costa del tesoro nacional; ni a las empresas públicas o privadas que no cumplen con los servicios contratados que les pagamos; tampoco ponemos límites adecuados al autoritarismo de algunos agentes de la policía que nos detienen impunemente y nos tratan como si fuéramos culpables de algo, como tampoco somos muy hábiles en impedir que intereses económicos y de poder primen por encima de las necesidades sociales, sanitarias y de la conservación de la naturaleza y el medio ambiente.
Cuando en la sociedad alguien logra poner un límite porque llegó al máximo de su tolerancia, generalmente lo hace apelando a la violencia. Los grandes logros sociales requirieron de revoluciones. Lo mismo hacemos los padres con nuestros hijos: terminamos usando el grito o el castigo corporal porque nos hemos salido de nuestro eje: hemos perdido el contacto con nuestra propia cordura.
¿Por qué para poner fin a una situación que consideramos incorrecta o abusiva necesitamos recurrir al límite violento?
Siguiendo las ideas de Anselm Grün, la palabra “límite” es una frontera que tienen una acción bidireccional: no solo limito al otro, sino que también me estoy poniendo una frontera, un borde a mí misma. Dos países limítrofes comparten una frontera: dicho límite impide que los habitantes de un país entren libremente al país vecino. Pero a su vez es la misma frontera la que protege a ese país de la invasión del otro (dejo de lado en este artículo mi pensamiento utópico acerca de lo hermoso que sería un mundo sin fronteras).
Volviendo al tema familia, un límite adecuado se convierte en realidad en una protección para el niño y a la vez es una manera de respetar también la frontera de los padres. Si a mi hijo adolescente no le permito escuchar la música a todo volumen, estoy poniendo una frontera que cuida su audición y a la vez cuida la paz familiar y respeta al vecindario. Si a mi hijo de tres años no le permito tocar el horno caliente, no importa si grita y hace un berrinche, el límite que le estoy imponiendo en realidad es una protección para que no se lastime.
En el ámbito social, si no le permito al empleado detrás de un mostrador que me trate mal, y lo hago tratándolo yo de la misma forma que me gustaría que él me trate, también le estoy mostrando con este límite un camino posible de mejoría en su relación con el mundo.
O sea que un límite adecuado, puesto en el tiempo y ocasión correctos, es en realidad una ayuda no solo para uno mismo sino para los demás. Podríamos también decir que un límite es una acción de orden. Cuando acomodo los zapatos en un lugar específico del ropero, estoy poniendo un límite al espacio que ocupan, para evitar que se mezclen con la ropa. Cuando decido trabajar en un determinado proyecto hasta determinada hora, estoy enmarcando un tiempo-espacio y le estoy poniendo límite al exceso de trabajo, dejando un lugar libre a otras actividades. Estoy ordenando mi actividad y para eso necesito delinear territorios horarios. Por lo tanto tenemos límites de varias clases: de acción, de espacio, de tiempo y diría que también de palabras.
Como vemos, los límites son imprescindibles para la vida: son bordes, nos organizan, nos dan una estructura, un marco de referencia en el que nos podemos mover con mayor comodidad y eficiencia.
El problema a nivel general, tan bien reflejado en la micro- sociedad familiar, es que la historia del mundo nos muestra cómo se ha abusado del límite convirtiéndolo, valga la redundancia, en un abuso en sí mismo. Miremos lo que ha sucedido con las dictaduras, las guerras por motivos políticos y religiosos, las luchas cotidianas por el poder, la esclavitud, la sumisión de los más pobres a los más ricos, etcétera. Es por eso que “límite” se asocia con sometimiento, dominación, invasión y violencia, en lugar de asociarse con palabras como guía, orden, borde y resguardo.
Lo que está equivocado no es el límite en sí mismo sino la forma, la circunstancia y el motivo por el cual lo aplicamos.
A mí me gustan los refranes porque reflejan una sabiduría colectiva instintiva y siempre me atrajo eso de que “nuestros derechos terminan (tienen un límite) donde comienzan los derechos de los demás”. De modo que el límite marca una frontera entre el derecho y la responsabilidad. Tengo la responsabilidad de pagar los impuestos para colaborar en el mantenimiento de mi país y a su vez el gobierno tiene la responsabilidad de reclamar impuestos justificados y de invertir el dinero recaudado para beneficio verdadero del país y de sus habitantes. Los padres tienen la responsabilidad de dar sustento afectivo y buenas condiciones de vida a sus hijos pero éstos tienen la responsabilidad de crecer y madurar cuando se les brinda el marco adecuado.
Si un niño crece sin bordes, sería como soltarlo a correr en un desierto infinito. Al comienzo el niño tal vez corra feliz, sin detenerse y disfrute del espacio. Pero luego de un rato, necesitará buscar amparo, tendrá hambre, se sentirá solo, no sabrá en que dirección ir y su vida carecerá de sentido. Son los bordes, es lo que personalmente llamo el “ángulo del amor” que forman los padres, los que le van a dar el sostén y la seguridad para poder encontrarse a sí mismo y recorrer su camino. Ese “ángulo del amor” es bien cerrado y agudo al nacer el niño, porque un recién nacido requiere un límite constante ya que no puede bastarse en casi nada a sí mismo. A medida que el niño crece, el ángulo se va abriendo poco a poco. Ya no es necesario proveerlo de todo. En la adolescencia el ángulo se hace obtuso, y cuando los hijos vuelan del nido, tendremos un horizonte: un maravilloso ángulo de 180º.
En nuestra sociedad, si todos nos pusiéramos a nosotros mismos el límite adecuado, si actuáramos correctamente en todo momento aún cuando estamos solos, no serían necesarias las leyes ni las fronteras físicas porque cada uno respetaría el jardín de su vecino sin que nadie lo obligue a ello.
Poner un límite con violencia solo significa que lo hemos puesto demasiado tarde y que no estamos preparados para asumir nuestra propia autoridad interior.
Así como “la caridad empieza por casa”, no vamos a estar en condiciones de poner límites correctos y no violentos en el afuera hasta que hayamos aprendido a conocer y a respetar nuestras propias fronteras internas frente al espejo.
¡Hasta la próxima!
Dra. Liliana Szabó
Médica Pediatra Homeópata
Docente Libre de la A.M.H.A.