LA CONSTIPACIÓN
Nuria, 33 años, consultó por su constipación. Aunque tenía constantes deseos de mover el vientre sus intenciones resultaban ineficaces. Cualquier dolorcito en el vientre le despertaba irreprimible urgencia por defecar, pero en la mayoría de las oportunidades el inodoro terminaba revelándole la ausencia de “frutos”. Relató que vivía tomando laxantes y purgantes pero que a veces alternaba su estreñimiento con diarreas.
Cuando lograba obrar veía que la materia desechada era escasa, quedaba con la sensación de no haber terminado de limpiar su intestino y con la idea de que nunca podría vaciarlo del todo. Sus heces eran muy secas, muy duras y muy manchadas con sangre.
HEMORROIDES Y CIRUGÍA
Los esfuerzos que debía realizar para evacuar la habían llevado a padecer hemorroides crónicas que se habían hecho tan grandes, hinchadas y sangrantes como sus evacuaciones intestinales. Al mismo tiempo, contó que sus hemorroides eran tan dolorosas, “como puñaladas”. Dijo que los médicos habían determinado la necesidad de extirpar el paquete hemorroidal mediante cirugía. De este modo había terminado aquella etapa de sus hemorroides pero, lo dijo con evidente pesimismo, contó que al tiempo y con total indiferencia a la intervención del cirujano, las hemorroides habían vuelto a presentarse y ahí estaban manteniendo nuevamente en doloroso suspenso a esta joven.
EXAGERADA REACCION AL FRIO
Tanto de la constipación como de las hemorroides recordaba que la había pasado muy mal en los inviernos. Era muy friolenta. Estaba peor en tiempo frío, sobre todo cuando el frío era seco. Durante el día vivía pegada a las estufas. El frío le provocaba chuchos de frío (escalofríos). Había notado que era más fácil que los chuchos se presentaban cuando emprendía cualquier movimiento, por ejemplo, cuando se desvestía o cuando, al darse vuelta en la cama, las cobijas producían una leve y momentánea corriente de aire. Ella era muy sensible a cualquier corriente de aire por insignificante que fuera, así de exageradas eran sus impresiones.
LAS MAÑANA SON TERRIBLES
Le gustaba entrar a la cama con una bolsa de agua muy caliente. Destacó que dormía tapada hasta los ojos, que ni sacaba las manos de las frazadas porque, si lo hacía, le daba chuchos. Todo resultaba peor a la mañana cuando debía levantarse. Nuria se había impuesto vestirse dentro de la cama y salir de ella prácticamente con las ropas que debía usar ese día. Reconocía que esa modalidad se había convertido en un ritual pues la ejecutaba aún en verano. Sin embargo entre estas historias sobre la acción adversa del frío recordó una excepción: el ardor de las hemorroides se atenuaba con baños de asiento ¡en agua fría! Incluso agregaba cubitos de hielo al agua. A la joven le parecía un contrasentido que tan exageradamente sensible al frío, sus hemorroides se calmaran con frío.
LAS VENTANAS SEAN CERRADAS
Nuria prefería estar en casa que salir al aire libre. Rechazaba las corrientes de aire aunque no fueran frías. Dormía con puertas y ventanas cerradas evitando las filtraciones de aire. Aún el viento cálido del norte le provocaba la impresión de ser apantallada. Sus manos se ponían frías y tomaban un color azulado, sobre todo cuando experimentaba chuchos de frío. Algo que le resultaba curioso era sentir sus pies fríos cuando tenía que hacer un esfuerzo mental, por ejemplo, controlar las expensas del departamento.
SACIEDAD POR UN BOCADO
Solía tener hambre, es decir, esa sensación que lleva a comer por gusto, sin necesidad, pero afirmó que jamás experimentaba apetito. Ella había leído que apetito es la necesidad de comer para mantener el equilibrio del cuerpo. Comía un bocado y ya se sentía satisfecha. Lo peor era que a la hora de comer la asediaban muchos problemas. Sentía que la comida le subía a la garganta, padecía incontenibles eructos y la atormentaban ardores que ascendían desde el estómago a su garganta. Pese a esas quemazones ardorosas, sin embargo Nuria disfrutaba de las comidas muy picantes e incluso las aderezaba con todos los condimentos posibles.
LA SENSIBILIDAD
En otro orden de cosas, Nuria habló de los excesos de su sensibilidad. Sus sentidos se veían a merced de los más pequeños estímulos. Sus oídos la hacían sufrir ante la música que a otros los deleitaba. Los más leves sonidos despertaban dolores en su cuerpo. Por ejemplo, los pasos de alguien sobre una alfombra, una conversación cuchicheada en voz muy baja, la respiración de alguien en la penumbra de un cine, que no molestaba a los demás; esos sonidos la abrumaban.
También su olfato le deparaba desagradables experiencias. El olor a nafta la desmayaba. Le estaba vedado asistir a su velatorio pues desfallecía ante las emanaciones de las flores. Si concurría a un lugar donde se permitía fumar el olor del tabaco le producía mareos que la amenazaban con hacerle perder el conocimiento.
La visión era otro punto afectado por la extrema sensibilidad de esta mujer; vivía apagando las luces de su casa; le herían la vista. Sus amistades le criticaban ese placer de vivir a media luz. Tampoco el gusto de Nuria se excluía de la extrema sensibilidad de ella. La desesperaba en las mañanas encontrarle un gusto agrio los desayunos, a la leche u otra bebida o al pan.
Ese marcado aumento de la sensibilidad de los sentidos las reproducía Nuria en su relación con los demás. Ella era un joven muy afectuosa y lo demostraba con efusivas manifestaciones. Como ella decía, nunca le faltaban cariñosos abrazos, caricias y besos para familiares como o amistades.
TORMENTAS DE VERANO
Sin embargo, con la misma exageración con que expresaba sus afectos, Nuria dejaba traslucir sus iras. Contó que sus conocidos decían, que sus estallidos eran muy violentos. Su temperamento era tan ardiente como los ardores de sus hemorroides. Cualquier estímulo podía desencadenar en la joven un desborde de irritabilidad. Podía ser una pregunta o si la interrumpían mientras hablaba o si al debatir un asunto alguien planteaba una opinión distinta a la de ella. Discutía todo con absoluta terquedad rechazando cualquier argumentación. Pero como esas tormentas de verano, decía que todo se esfumaba con tanta rapidez como había llegado. Si las especulaciones que ofrecía el otro le parecían razonables, Nuria decía que “metía violín en bolsa” y sus furores se disipaban sin que dejaran en ella huella alguna.
Hemos visto como en Nuria se ponen de manifiesto síntomas alojados en el cuerpo (constipación crónica, diarreas, hemorroides, ardores, exagerada reacción al frío, etc.) que parecen estar relacionados y contar con un primer planteo en lo que sería la esfera mental o psíquica del paciente. Un segundo paso se ofrece a través de la Psicomeopatía que trata con medicinas homeopáticas a la persona que sufre. El planteo o supuesto de la medicina oficial es más bien tratar a la enfermedad. La homeopatía actúa preferentemente restaurando el equilibrio mental o psíquico con lo que en muchísimas ocasiones soluciona los síntomas físicos o somáticos. Esto es lo que confirman los pacientes tratados con homeopatía desde hace más de 200 años. Las medicinas homeopáticas no tienen drogas y desde 80 años antes que la medicina oficial planteó la exigencia de probar qué se le da a un enfermo ensayando sus medicinas, ya no en animales (gatos, perros, conejos, etc.), sino en personas que voluntariamente se ofrecen a la experimentación.
El remedio que se encontró para esta mujer, un remedio único y no “uno para cada síntoma”, equilibró el desarreglo que Nuria venía sufriendo desde tantos años atrás. Ella no tuvo que padecer ningún “efecto secundario” por este remedio. Las exageradas respuestas psíquicas de esta mujer se fueron reduciendo paulatinamente. Fue llamativo que la observación clínica mostrara como los síntomas somáticos de Nuria se fueron aplacando poco a poco hasta extinguirse.
Destaco esto último, no hubo curación mágica, Nuria “no se curó” de una sola vez. Lo que pudimos observar juntos, paciente y médico, fue cómo su constipación crónica, sus diarreas, sus hemorroides, sus ardores, sus exageradas reacciones al frío, etc., “se le iban apagando hasta quedar reducidos a cenizas” (estas fueron sus palabras) a medida que a lo largo del tratamiento, lo psíquico (sus violentas y ardorosas explosiones de ira) se iba equilibrando dentro de ella. Gracias al medicamento homeopático seleccionado para esta mujer sus respuestas a los estímulos fueron abandonando la exageración como regla para adoptar la forma de réplicas aceptables para la convivencia con sus seres queridos en las situaciones diarias que se le presentaban
.
Dr. Francisco Goldstein Herman
Psiquiatría, Psicoanálisis, Psicomeopatía Unicista