“Este libro es incómodo porque arrebata al ser humano el recurso de usar la enfermedad a modo de coartada para rehuir problemas pendientes” (“La enfermedad como camino”, Dethlefsen y Dahlke)
Paradójico como pueda parecer el título de este artículo, a lo largo de la vida personal y luego de haber sido partícipe de miles de situaciones de enfermedad tanto en mis pacientes como en sus familiares y hasta en sus mascotas, puedo creer con bastante convicción que la enfermedad no viene para enfermarnos, sino para sanar algo o a alguien. Digo “algo”, porque a veces lo que una enfermedad sana es un vínculo entre personas o alguna situación de conflicto institucional. Y muchas veces alguien enferma para ayudar a sanar a otra persona, especialmente los niños para ayudar a sus padres, aunque por supuesto que no lo hacen en forma consciente.
Tenemos dos etapas principales en el proceso de enfermar: la primera es la alteración de la esfera mental y emocional: siempre aparece el desequilibrio en primer lugar en la conducta y en las reacciones emocionales. Si el disbalance no se resuelve en un tiempo determinado, entonces la enfermedad profundiza y “se hace cuerpo”: aparecen síntomas en el área física.
Veamos como se ve todo esto en lo cotidiano.
Los niños son seres extremadamente sensibles desde el punto de vista energético. Esto significa que pueden ser afectados por cualquier situación de desequilibrio, especialmente por conflictos de amor, violencia y otras situaciones emocionales. Un niño pequeño, aún un lactante, es afectado, pero todavía no comprende lo que está sucediendo: se siente mal, tal vez llore, se vuelva más caprichoso o temeroso, o más agresivo y destructivo, pero no puede expresar claramente: “me siento mal porque mis padres discuten todo el día” o “no soporto que mi abuela esté tan enferma” o “no me gusta que me dejen en la guardería” etcétera.
Cuando hay tensiones o preocupaciones de cualquier tipo, los padres tendrán menos paciencia con el niño y reaccionarán en forma refleja a lo que se ve: lo van a retar si le pegó a su hermano, o si tiene un capricho, o lo van a tratar de miedoso si muestra un temor injustificado. Lo que esos padres no están en condiciones de hacer es mirar a sus hijos con ojos nuevos y preguntarse qué es lo que trata de comunicarles a través de su conducta molesta. Luego, el niño no tiene más remedio que pasar a la segunda fase de enfermedad: la enfermedad física.
Cuando el niño pasa a la etapa física y está volando de fiebre o con una crisis de asma, o gritando por algún tipo de dolor, los padres comienzan a dedicarle su atención y dejan de ocuparse de sus propios conflictos: la situación familiar se relaja, el niño se cura y durante un tiempo, si los padres logran hacerse más conscientes y reflexionan acerca de lo sucedido, tal vez el niño tenga la oportunidad de que se lo escuche y comprenda un poco más. De este modo, una enfermedad ha servido como “válvula de escape” a una situación externa al niño pero que lo afecta profundamente. Pongo como ejemplo los conflictos intrafamiliares porque son los más frecuentes y evidentes, pero los niños también pueden tener problemas en la escuela, el club y en cualquiera de sus áreas sociales. Lógicamente, la enfermedad va a aparecer en casa, pero tal vez lleve a que el niño pueda decir con palabras qué es lo que está mal en su pequeña vida.
Veamos qué pasa a nivel individual.
Algo en la vida de una persona no es como ella quisiera que fuera; hay una incomodidad, un no sentirse pleno y a gusto, una sensación de vacío, de falta de propósito; o tal vez haya un enojo no expresado, una frustración crónica, amargura acumulada, resentimientos, culpas, y tantas otras posibilidades de infelicidad. Esta persona no puede encontrar el camino de salida: no sabe qué le pasa, o, si lo sabe, no tiene los recursos para resolver el problema. Entonces entra en la primera etapa de la enfermedad: cambia su carácter, se encierra o se torna agresiva, se deprime sin causa aparente para los que la miran desde afuera, o tiene ataques de pánico.
Si persiste en esta situación sin hacer algo diferente a lo que siempre ha hecho hasta ahora, si no intenta un camino nuevo, entonces el cuerpo físico comenzará a mostrar los efectos de su sufrimiento crónico. Cada persona se enfermará de acuerdo a su idiosincrasia, o sea de acuerdo a su tendencia individual particular. Puede contagiarse la gripe epidémica del momento o desarrollar una sintomatología crónica.
También habrá una relación entre la localización de la enfermedad y el problema que la origina. Por ejemplo, un enojo sostenido puede afectar al hígado y a las vías biliares, un miedo profundo puede afectar al riñón, una angustia amorosa puede afectar al corazón o provocar anemia, etcétera. Nuestro lenguaje está lleno de metáforas que en realidad están basadas en un conocimiento intuitivo que todos tenemos acerca de cómo los pensamientos y las emociones afectan el cuerpo físico. Decimos: “le dio en el hígado” si alguien tuvo un disgusto; o “me parte la cabeza” si algo nos preocupa; o “fue una puñalada al corazón” si alguien nos causó una gran pena. “Contenemos el aliento” cuando algo nos sorprende o nos asusta, hacemos “de tripas corazón” si nos vemos obligados a hacer algo que rechazamos pero que sabemos que hay que hacer. De esta forma el lenguaje expresa con toda claridad la unión entre materia física, palpable (nuestro cuerpo) y materia sutil invisible (nuestra mente y emociones).
Cada vez que enfermamos consideramos la enfermedad como algo que nos sucede, como si viniera de afuera, como si nosotros mismos no tuviéramos nada que ver con ella. Es por eso que tienen tanto éxito las publicidades de recursos que desde afuera “nos van a proteger”. Es increíble, por ejemplo, el pánico que persistió este año con respecto a la Gripe A (que ya probó perfectamente ser una gripe mucho menos peligrosa de lo que anunciaban) y la desesperación masiva por conseguir una vacuna que no solo no está terminada de experimentar, sino que ya ha causado graves problemas y controversias en otros lugares del mundo (ej. en Europa). Creemos más en el afuera que en nosotros mismos. Pero si analizamos un poco, veremos que nos enfermamos en determinados momentos, en determinadas circunstancias. Y muchas veces hemos estado en contacto con personas enfermas sin contagiarnos nada.
Un ejemplo muy claro acerca de cómo la enfermedad es el remedio, también a nivel puramente físico, es la presencia de la fiebre. Muchas personas se asustan frente a ella y se empecinan en hacerla desaparecer con químicos, sin darse cuenta de que la fiebre es justamente lo que está tratando de protegernos contra los gérmenes, ya que todos mueren por calor intenso.
El remedio homeopático cura en el mismo sentido en el que se ha desarrollado la enfermedad: primero mejora la esfera mental y emocional y más tarde la esfera física, ya que su energía es más densa y más lenta de modificar. Un paciente puede seguir con su enfermedad aparentemente igual pero sentirse muchísimo mejor anímicamente apenas toma su remedio homeopático. Un niño puede levantar aún más fiebre pero tal vez dormirá plácidamente en lugar de estar quejoso y molesto.
La propuesta de este artículo es que la próxima vez que tengan algún síntoma físico, se pregunten “¿qué mensaje me está trayendo esta enfermedad? ¿qué tengo que cambiar en mi vida, mis actitudes, conductas o creencias? ¿de qué me está intentando salvar está enfermedad?”
¡Hasta la próxima!
Dra. Liliana Szabó
Médica Pediatra Homeópata
Docente Libre de la A.M.H.A.