Más allá de la historia de los tiempos, más allá del enigma del presente, subyace en lo recóndito del alma, un espacio que se escapa del tiempo. Si nuestro tiempo nos ordena, si el hoy nos armoniza, este espacio rebelde deja de sacarnos, de dejarnos mella, de soltarnos de la amarra saludable de la vida.
Es que el ser humano es el único ser en este mundo capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Los escollos del camino, esos obstáculos que vaya a saber uno quién los pone, se encargan muchas veces de “bajarnos de un plumazo”, de dejarnos sin palabras ante lo imprevisto, de hacer que nos maree la vorágine del presente.
Somos los artífices de nuestro propio destino, y bueno es que como artífices ejecutemos el arte del buen vivir. Pero muchas veces aún muy a pesar de que pongamos la mejor buena voluntad, las cosas se dan vuelta, todo queda patas para arriba, y parece que no existe una salida coherente al laberinto subintrante de lo irresoluto.
Llevamos en nosotros el reloj de la vida. Ese reloj que un día nos despertó para ponernos en este camino. Ese mismo reloj que nos lleva cada noche a realizar el viaje cósmico del sueño. Lo importante es que ese reloj no atrase, ni adelante, ya que en la frontera del hoy, se pierde el mañana, y nos embriaga el pasado cual remolino tormentoso.
Como homeópatas vemos el relato de la vida. Lo escribimos y de ese guión surge una sustancia totalizadora, la sustancia del medicamento, capaz de ser llave para abrir la puerta del castillo del olvido. Como homeópatas, muchas veces ayudamos a quién nos cuenta sus problemas, físicos, anímicos, emocionales, a auto conocerse, aunque sea en el espacio de tiempo que se toma una consulta.
Pero más allá de las sustancias, un poco más allá de los remedios, se esconde el substrato, la causa de todas las causas, causalidad biopatográfica primordial.
Hahnemann, ese genio creador de la homeopatía ha dicho un día que una de las misiones del homeópata es la de ayudar a su paciente a que alcance “los más altos fines de su existencia”. Esta frase, contenida en el Organón, siempre me impresionó. Nunca dejó de resonar en mí el eco de esas palabras pronunciadas, como letra escrita para mí, pero que me siguen sonando como si las hubiese oído.
Desde el autoconocimiento, desde un sano y armónico conocerse y saberse a sí mismo, es posible acercarse “aunque sea un poquito” a ese concepto supremo primordial que nos anima. Claro que si se quiere hacer un ejercicio de acercamiento, lo primero con lo que uno de topa es con sus propios pensamientos. Vaya máquina la mente. Vaya maquinaciones las que nos siguen y persiguen, día y noche. Pero ¿de qué sustancia están hechas las ideas? ¿Cuál es la materia prima de un pensamiento? ¿Dónde se esconden los recuerdos? ¿Qué luz los ilumina?
Si escudriñamos en el escenario consciente de la vida podremos ver que la mente es una caja de reflejos. De hecho la palabra “reflexionar” viene de reflejar. Aprender a pensar con lo más profundo de nuestro ser, tiene que ver con reubicar la antena del pensamiento, con poner el espejo en un lugar donde nos identifiquemos con quienes somos en verdad. La realidad, no se hace, ni se deshace. La Realidad subyace en todos y cada uno de los momentos. La Realidad, esa que es la más real de todas, sólo se dedica a esperar que sea nuestro tiempo. Y si algo quiere decirnos, es porque estamos listos para escucharla. Entonces “nos caerá la ficha” “haremos click” en algo, estaremos un paso más cerca de nosotros mismos.
El camino armónico de un estar en salud, se entiende más allá de lo que dispersa, despersonaliza, de aquello nos dice “no te encuentres, no importa que sepas quien sos”…. Pero también está más allá del otro aspecto polar de las cosas, ese que apela a que nos rodeemos de objetos, ese que nos dice “solo se vive una vez” y que anda repartiendo plasmas, para que disfrutemos mejor del zapping en una tarde lluviosa de domingo. La realidad del equilibrio, esa que nos lleva a ser conscientes de que somos una nada plena, esa realidad, es la que está al lado del “alcanzar los más altos fines de la existencia”. Porque si comprendemos quienes somos, qué nos pasa, qué nos aqueja, podremos desandar conscientemente el camino que nos llevó adonde estamos. Encontraremos un hilo sanante, que nos saque del más espeso de los laberintos.
La buena homeopatía, el autoconocimiento (o también llamado antroposofía) la plena calma interior, son las herramientas capaces de llevar nuestros pasos, al territorio del aquí y ahora, a estar dentro de la frontera del hoy. A vivir concentrando la marcha, más acá de un futuro vertiginoso, pero más allá del pasado que se empeña en rodearnos una y otra vez con la espesa telaraña de lo inconcluso.
Dr. Sergio Pereira Vitale
Médico homeópata unicista
www.unicista.com