El
dolor tiene mala prensa. Si observamos a nuestro alrededor,
veremos que muchas propagandas de todo tipo de productos,
se apoyan en sus virtudes antisufrimiento. Se alienta permanentemente
el placer como único objetivo y se rotula al dolor
como enemigo declarado al que hay que derrotar.
Sin embargo el dolor es, la mayoría de las veces, un
buen amigo. Es de esos amigos que no mienten, de esos que
nos van a decir francamente lo que piensan de nuestras actitudes.
El dolor, al igual que nuestras emociones, es parte de nuestro
refinado “sistema de alarma”. Si nos duele la
cabeza y acallamos el síntoma con un analgésico,
perdemos la oportunidad de investigar el origen y la causa
de ese dolor. También perdemos la oportunidad de aprender
a calmar y aún a prevenir la molestia por nuestros
propios medios.
Si nos enojamos con alguien y luego tenemos un cólico
biliar, es más saludable comprender nuestro enojo que
tomar algún comprimido que nos calme el cólico.
También podemos hacer ambas cosas. Es lo mismo que
si suena la alarma de una casa y la apagamos sin investigar
porqué comenzó a sonar: habremos resuelto el
problema de la alarma pero los ladrones podrían estar
aún dentro de la casa sin que lo sepamos.
El dolor es nuestro gran aliado: si acercamos la mano al fuego,
la sensación dolorosa nos hace alejarla inmediatamente
y de esta forma nos salva de una quemadura grave.
Si tenemos algún dolor físico, es porque esa
parte de nuestro cuerpo está intentando llamar nuestra
atención. No desea solo que la anestesien: desea que
la comprendan, que entendamos el mensaje que hay detrás
de cada síntoma que aparece aparentemente “de
la nada”.
Un dolor, por ejemplo, nos invita a consultar al médico
antes de que la situación se agrave.
Desde la homeopatía el dolor también se cura
desde adentro hacia fuera, siguiendo la Ley de Curación.
Muchas veces se intensifica brevemente alguna molestia para
dar luego paso al alivio. A veces un dolor en el hombro se
va alejando cada vez más del cuerpo para desaparecer
finalmente entre las puntas de los dedos.
No olvidemos los dolores emocionales, que tan insistentemente
se pretende acallar con tranquilizantes. El dolor emocional
nos permite crecer. Nos invita a cambiar nuestra forma de
pensar y de actuar. Nos lleva a elegir mejor a las personas
que nos rodean y a cambiar de rumbo en la vida. El dolor es
el mejor indicador de que estamos en un camino equivocado
y tenemos que volver a elegir, esta vez con un mayor nivel
de conciencia.
Para los que trabajamos en pediatría homeopática,
es muy claro que la mayoría de los dolores en los niños
son una clara señal de alarma de que algo en sus vidas
no anda bien. A veces un dolor de oído surge luego
de haber escuchado que sus padres desean separarse, y ese
dolor significa “no quiero escuchar eso”. Otras
veces una humillación sufrida en la escuela desencadena
un terrible dolor de estómago que nos está comunicando
que el niño “no pudo digerir lo que le sucedió”.
Hoy es día está de moda el parto sin dolor,
pero no porque se estimule a la madre a relajarse y a entregarse
al momento sublime de las contracciones que darán paso
al nacimiento de su hijo. Cada vez se asusta más a
las mujeres con respecto al sufrimiento durante el parto y
es casi obligatoria la anestesia peridural (con todos los
riesgos y molestias antinaturales que implica). Lo paradójico
es que este miedo previo es el mayor responsable del dolor,
ya que el miedo impide la relajación, y esta es justamente
la mejor herramienta que tenemos para poder controlarlo. Si
contraemos el cuerpo físico, impedimos que fluya el
dolor, y al bloquearlo lo único que hacemos es intensificarlo
cada vez más. Tratar de relajar la zona dolorida es
lo más sabio que podemos hacer para aliviarnos, usando
la intención mental de relajar y la respiración
conciente como ayuda.
En fin, hay dolores físicos, dolores emocionales, morales
y también están esos indescriptibles dolores
del alma que nos impulsan a un salto en nuestra evolución
humana. Sea como sea, honremos al dolor como uno de nuestros
grandes guías. Sin dolor alguno, sería muy difícil
darnos cuenta de muchas cosas que nos suceden y dejaríamos
pasar de largo la oportunidad de cambiar.
Una vez que comprendemos nuestros propios mecanismos, ya el
dolor pasa a ser una herramienta innecesaria. Cuanto más
nos conozcamos a nosotros mismos y más capaces seamos
de anticipar nuestras reacciones y de comprender nuestras
emociones, menos dolor necesitaremos en nuestras vidas.
El dolor es el primer maestro, si aprendemos de él
su mensaje, dejamos de necesitarlo. Pero si en lugar de absorber
sus enseñanzas lo destruimos anestesiando la sensación
molesta que nos causa, entonces tendremos que repetir una
y otra vez de grado con el mismo maestro hasta haber aprendido
lo que desee enseñarnos. ¡Hasta la próxima!
Dra. Liliana
Szabó |