Muchos
pacientes que visitan por primera vez a un médico homeópata
le preguntan cuánto tiempo tendrán que esperar
para ver los resultados del tratamiento. Agregan que les han
dicho que la Homeopatía demora mucho en mostrar sus
beneficios o sea, en liberar al paciente de los síntomas
que sufren. Es razonable que quien padece aspire a que sus
síntomas lo abandonen lo antes posible. También
es cierto que, en muchas personas, el remedio homeopático
requiere largo tiempo en manifestar todas sus posibilidades
de éxito. Pero unos y otros deben saber que no siempre
la rapidez de la respuesta al tratamiento homeopático
depende del medicamento bien elegido por el médico
homeópata o del bien preparado por un farmacéutico
homeópata que merezca confianza por haberse formado
en un instituto homeopático reconocido. En la generalidad
de los casos la acción del medicamento depende de la
respuesta del sistema defensivo o inmunitario de la persona,
como diría la medicina oficial, o del retorno al equilibrio
de la Fuerza Vital, en términos de la Doctrina Homeopática.
Esa respuesta o reequilibrio explica tanto una acción
rápida del remedio, como demuestra que mostrar paciencia
para esperar que dicha acción se haga efectiva ha sido
una buena elección por parte del enfermo. El que sigue
es un ejemplo estas observaciones.
LA LENTITUD COMO
ESTILO
Carlos, 42 años, esperaba obtener este año su
título como contador, la misma profesión de
su difunto padre. Tardó en decidirse a iniciar la carrera
y llevaba muchos más años que los compañeros
que fue teniendo durante ella y que se fueron recibiendo mientras
él sigue estudiando. Para explicar esa tardanza Carlos
contó que estaba empleado en un Estudio Contable desde
hacía muchos años y que, en cuanto rindiera
las dos materias que le faltaban, iba a ser ascendido. Su
trabajo en esa empresa no era específicamente contable
pues pasaba la mayor parte del tiempo fuera de las oficinas
desempeñando sus tareas. Esta, por lo que entendí,
era como de enlace entre clientes y Estudio. Carlos se apresuró
a explicarme que no se trataba del trabajo que podría
realizar un cadete sino de algo más específico
y profesional.
EL AIRE LIBRE
COMO NECESIDAD
En lo que me contó, Carlos se empeñó
en destacar que se sentía bien en esa tarea fuera del
Estudio. El lo llamó, “su trabajo itinerante”
y remarcó que, “por suerte era al aire libre”.
Esa tarea le permitía evadirse del encierro en una
oficina. El no soportaba estar confinado entre cuatro paredes.
Mientras decía esto introdujo un dedo en el cuello
de su camisa y corriéndolo de un lado a otro, tiraba
de él como para separarlo de la piel o, por lo menos,
como para tratar de aflojarlo. Advertí que gruesas
gotas de sudor le caían desde su cabeza y se deslizaban
por su rostro. Reflexionó que tal vez fuera su temor
al encierro en una oficina lo que lo hubiera demorado tanto
en terminar sus estudios. Cuando eso ocurriera lo ascenderían,
ganaría más, pero se vería obligado a
trabajar en reclusión. Actualmente debía cumplir
una guardia en las oficinas del Estudio un día por
semana. Lo toleraba con bastante dificultad. No podía
soportar el encierro y menos, menos aún, a la gente.
JUNTO A LA VENTANA
COMO NORMA
Ese problema suyo con el encierro ni siquiera le permitía
visitar el departamento de alguno de sus amigos. Cuando lo
hacía, ni bien llegaba se ponía junto a la ventana
y desde allí hablaba con ellos. No se podía
apartar de la abertura salvadora. Sus amigos, que al principio
le habían hecho bromas por esta “manía”,
habían terminado por aceptar que Carlos fuera como
era. Además, ellos sabían que, a lo sumo a la
media hora, él se tendría que ir. Le faltaría
el aire. Por este “problema” suyo Carlos presumía
que cuando se recibiera y tuviera que trabajar en una oficina
le iba a ser insoportable. Se anticipaba a pensar que la iba
a pasar muy mal.
ANTICIPANDOSE
COMO SEGURIDAD
Cuando vino a su segunda entrevista se mostró gozosamente
excitado por la acción del remedio. Se consideraba
curado de su temor al confinamiento. Desde la entrevista anterior
se había visto varias veces en lugares a los que antes
hubiera sentido como cerrados, estrechos, en los que él
solía sentirse como en una jaula y que se ahogaba.
La primera vez que, en uno de esos lugares, se sorprendió
al no sentir incomodidad alguna, se puso muy ansioso esperando
con anticipación que “su manía”
se le repitiera. Después, contó cómo
se había ido acostumbrando a sentirse libre de su flagelo.
Hasta llegó a buscar situaciones en los que antes “su
manía” solía aparecer. Por ejemplo, contó
que se había atrevido a aprovechar una fecha de examen
y había aprobado su penúltima materia. La “prueba”
no había sido tanto por terminar de cursar, como para
comprobar la extinción de “su manía”.
Le había sido necesaria como ensayo de lo que sería
para él dejar de trabajar al aire libre y estar metido
todos los días en una oficina.
EL ENCIERRO COMO
PRUEBA
Yo había cambiado mi consultorio a un edificio de departamentos.
Después de extenderle una receta donde repetí
el remedio salvador tuve que acompañarlo hasta la puerta
del edificio para permitirle salir. Antes debimos utilizar
el ascensor. Apenas iniciado el descenso el aparato detuvo
su marcha y quedamos encerrados en la cajuela con una pared
cubriendo la puerta, es decir, sin posibilidad de “ver”
una salida. Preocupado por el síntoma de mi paciente
apelé a apretar el timbre que sirve como auxilio para
estas situaciones. La campanilla no sonó. Miré
a mi paciente temiendo en él un derrumbe de la fortaleza
recién adquirida. En realidad, lo tan temido y siempre
evitado por Carlos se había materializado. ¡Estábamos
realmente presos y la jaula del ascensor era nuestra prisión!
PERDER EL SINTOMA
Pero Carlos estaba sonriente, tranquilo. Como no sabía
cuánto tiempo le duraría este equilibrio, golpeé
con fuerza la puerta del ascensor haciendo sonar el metal.
Alguien nos preguntó qué nos pasaba y dijo que
iba a avisar al encargado. Pasaron muchos minutos sin ninguna
señal de auxilio. A cada momento temía que la
fortaleza de Carlos se desmoronara. Pero eso no ocurrió.
Dije algo pretendiendo hacer una broma sobre nuestra situación
y Carlos me asombró con su respuesta. El me dijo: “¡Menos
mal que esto me ocurre después que su remedio actuó!”
A continuación Carlos me mostró que en la pared
de la jaula había una tarjeta de la empresa que atendía
el servicio de mantenimiento de los ascensores en la que había
un número de teléfono. Sacó su celular
y llamó a la compañía. Como si fuera
una trivialidad explicó nuestra situación y
me iba contando las instrucciones que iba obteniendo. Con
satisfacción tuve la impresión de que Carlos
trataba de calmarme a mí. Nuestro encierro duró
veinte minutos. ¿Cómo habría respondido
esta persona si, de acuerdo a su propia observación
esto se hubiera presentado sin que el remedio hubiera actuado?
Después de todo, había sido nada más
que una sola toma.
LA HOMEOPATIA
PUEDE SER RAPIDA O LENTA
“Entonces –reflexionó Carlos- la Homeopatía
no es ¡tan lenta…!” El había llegado
a mi consulta después de transitar por casi diez años
distintos consultorios de médicos no homeópatas
y se había cansado de tomar tranquilizantes, relajantes
musculares, ansiolíticos y hasta antidepresivos. Definitivamente
yo había asistido como co-protagonista a una riesgosa
prueba de la acción combinada del remedio homeopático
con la excelente respuesta del sistema defensivo de mi paciente.
El retorno al equilibrio de la Fuerza Vital se había
logrado de una sola vez, con un solo remedio y había
dado por tierra las apreciaciones de lentitud de respuestas
del tratamiento homeopático. Esto no siempre es así
pues los seres humanos no nacemos “calcados” como
por un sello. No somos todos estrictamente iguales y nuestras
reacciones son tan personales o individuales como son identificatorias
nuestras huellas digitales. Hay pacientes cuya Fuerza Vital
tarda en responder por distintos obstáculos a la curación
y otros en los que ella reacciona rápidamente. Carlos
lo pudo comprobar en sí mismo.
Dr. Goldstein
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